
Por. Ignacio González Prieto.
Los procesos de inmigración en el mundo han quedado marcados por la “Ley de Retorno” que votó a fines de junio la Unión Europea para intentar detener las corrientes migratorias de Latinoamericanos, Africanos y Europeos de los países pobres, corridos por las necesidades políticas, económicas o sociales.
Esta controvertida iniciativa, ya despierta el rechazo de la mayoría de los países que ven ir a sus hijos en búsqueda de nuevas oportunidades, una vida más digna, mejor y con un futuro previsible.
Los mandatarios de los países del “denominado tercer mundo” rechazaron, por ejemplo en la cumbre del MERCOSUR y sus asociados, esta iniciativa al considerarla “xenófoba, discriminatoria y antidemocrática”, porque expulsa a los indocumentados, inicia procesos judiciales, permite 18 meses de cárcel y hasta deja en claro que aquellos que se resistan no podrán volver a la Unión Europea.
Los procesos son complejos. Ejemplos sobran.
Para los Palestinos, la independencia de Israel declara en 1948, fue determinante. 726 mil personas y sus más de 4 millones de descendientes, que abandonaron sus aldeas, ciudades y campos para ir a vivir a inhóspitos campos de refugiados, sabiendo que sus casas ya no existen, aunque ellos tengan sus llaves ilusionados con una vuelta, que quizás nunca llegue y hasta sea inútil.
En medio de estas contradicciones, Rumania, una de los países que más nacionales ha perdido por las crisis internas, se esmera por intentar recuperar a través de “bolsas de empleo” a 2 millones de personas que se reparten en distintos países Europeos. La necesidad de mano de obra-calificada o no- busca generar nuevas corrientes migratorias, porque según el Ministerio de Trabajo, es preferible recuperar a los suyos que exportar empleados desde África y Asia.
También, en el Golfo Pérsico, 13 millones de inmigrantes sufren la crisis enviando menos remesas de dinero a sus países de origen, mientras sufren el aumento del petróleo, los alimentos y las tazas de inflación, se transforman en protagonistas de las protestas en las calles que son reprimidas por las fuerzas de seguridad.
Este panorama, según la ONG Human Rights Watch, se produce mientras se construyen rascacielos en los países árabes, que sin embargo van perdiendo los emiratos y se consolida la semiesclavitud de los inmigrantes.
Parece mentira, reconocen los expertos de la ONU, que países como el Líbano, que ha recibido a 2 millones de iraquíes que se han refugiado huyendo de la guerra piensen en “disminuir su hospitalidad” para evitar que se transformen en residentes permanentes, aumentando el desempleo, la población y hasta los recursos presupuestarios locales.
Lo peor de esta situación se plantea según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados Antonio Guterres, porque la ayuda internacional ha caído considerablemente mientras simultáneamente crecen las migraciones, la etnodiversidad, los conflictos y las necesidades.
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