
Por. Ignacio González Prieto.
Casi 2 millones de niños y niñas menores de 15 años se ven obligados a realizar trabajos en las ciudades y el campo, de acuerdo a estimaciones sindicales. El flagelo sigue golpeando a los más débiles bajo la excusa de “ayudar a la familia”, dice la Socióloga e investigadora del Conicet, Susana Aparicio, luego de recorrer en los últimos 2 años 10 provincias para estudiar el trabajo infantil en el agro argentino.
Los especialistas cuentan que en el campo el porcentaje de niños que trabajan llega al doble que en las ciudades. La razón es el bajo nivel de ingresos de los peones rurales obligados a emplearse tempranamente, sus hijos dejan la escuela y quedan de esta manera atados al círculo de la pobreza.
El dato más escalofriante es que los chicos, por lo general, entran dentro del circuito del “trabajo a destajo”, ya que las cosechas duran poco tiempo y es necesario apoyar a sus padres para que cobren más, porque el resto del año están desocupados.
Sacar suyos, buscar leña, cuidar animales, trabajar en la construcción, sembrar o cosechar y hasta usar banderas de señalización mientras un avión fumigador tira sobre los campos fértiles y sus cabezas agroquímicos, parecen ser condenas a las cuales los niños argentinos están tristemente acostumbrados. Además, su futuro queda condicionado por la baja calificación laboral y la falta de escolaridad. Como si fuera poco, también quedan expuestos a enfermedades y accidentes.
El fantasma de “la sobreexplotación” y la “violación” de normas legales domésticas e internacionales son una gran cuenta pendiente en las negociaciones entre los sindicatos y el gobierno, cuando se piensa en un nuevo plan agropecuario.
Los inspectores del Ministerio de Trabajo advierten que la erradicación de la explotación laboral infantil pasa por asegurar el trabajo genuino para los padres y el compromiso de toda la sociedad. Pero, en rigor, las políticas de estado deben estar acompañadas por un cambio cultural en muchas familias que consideran al trabajo como “formador de personalidad” de los chicos.
Según el INDEC, el 10 % de los niños de entre 5 y 13 años trabaja en las provincias de Buenos Aires, Chaco, Formosa, Mendoza, Salta y Tucumán. De esta manera, según la CGT dos millones de chicos trabajan en áreas urbanas y rurales.
Por ahora, el argumento “mejor es trabajar que el hambre y la marginalidad”, sigue siendo el principal escollo para solucionar este problema estructural.
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